¡Háblale a la Montaña!
“En verdad os digo que si alguien le dice a esta montaña: “Quítate de ahí y lánzate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree que lo que dice sucederá, así será.” — Jesús (Marcos 11:23)


Un día, Jesús caminaba con sus discípulos a las afueras de Jerusalén. Tenía hambre y fue a buscar algo de comer. Vio una higuera a lo lejos. Al acercarse al árbol, vio que no tenía fruto. Jesús habló al árbol y le dijo: “Que nadie vuelva a comer fruto de ti jamás”.
A la mañana siguiente, los discípulos caminaban con Jesús fuera de Jerusalén. En el camino, vieron la higuera estéril, marchita desde la raíz. Pedro recordó lo sucedido y le dijo a Jesús: ”Rabí, mira! ¡La higuera que maldijiste se ha marchitado!”. “Tengan fe en Dios”, respondió Jesús.
Jesús enseñó muchos principios del Reino a través de la higuera marchita; sin embargo, en lo que nos centraremos hoy es en que, al decir y creer lo que Jesús nos manda decir, existe poder en Él para dar órdenes y cambiar radicalmente las cosas, tanto en el ámbito natural como en el sobrenatural.
El día después de que el Señor ordenara a una higuera marchitarse, Él nos exhorta a hablarles a las montañas que enfrentamos en nuestras vidas. Jesús nos dice que sigamos su ejemplo: hablarles a nuestras montañas de imposibilidad y ordenarles, en su nombre, que se aparten y sean arrojadas al mar del olvido.
¡Di amén!
Jesús comienza su exhortación sobre “hablarle a la montaña” diciendo: “De cierto les digo”. La palabra “de cierto” al principio de este versículo corresponde al término griego amén. Significa aplicar lo dicho a nuestras vidas y situaciones cotidianas, considerarlo como algo ya realizado y hacer nuestra la esencia de lo que se ha dicho. Es lo opuesto al dicho popular: “No cuentes los pollitos antes de que nazcan”. ¡NO! Ponte de acuerdo con la Palabra de Dios y di: ¡Amén!. Di amén al principio Y al final. Es una forma de unir nuestra fe a la Palabra de Dios desde el mismo comienzo de cualquier cosa; es, en esencia, decirle a Dios: Lo que Tú digas, lo tomaré como verdad para mi vida y lo aplicaré para tu gloria.
El que habla
Trágicamente, la mayoría de los cristianos han cedido ante la exigencia de la cultura “woke” y de la cancelación de guardar silencio y mantenerse al margen, y muchas iglesias promueven un pacifismo silencioso. Pero a nada de esto es a lo que Dios nos llama. Más bien, el Señor nos llama a hablar con convicción, poder y autoridad divinos. De hecho, la palabra griega para "hablar" es “lego”, que significa exhortar, afirmar con autoridad, ordenar, dirigir, señalar con palabras, tener la intención, llamar por nombre, alzar la voz o jactarse. La implicación es aplicar una fuerza divina a nuestras situaciones, para Su gloria y para Su Reino, mediante nuestras palabras habladas.
Esta noción roza lo que podríamos llamar un desafío santo y una provocación a nuestras "montañas" mediante la Palabra de Dios. Puesto que Él es Su propia Palabra, al obedecer y proclamar la Palabra de Dios ante nuestras montañas, estamos invocando a Dios mismo para que luche por nosotros. Por eso la Palabra dice: "la batalla pertenece al Señor". Es la razón por la que la Palabra afirma que el Reino de Dios (Mt 11:12) avanza con fuerza, y por la que la oración ferviente del justo puede mucho.
En 1 Samuel 17:45-47, David habló con firmeza a la montaña llamada Goliat. David le dijo: “Tú vienes a mí con espada, lanza y jabalina; más yo vengo a ti en el nombre del Señor de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has desafiado. Hoy el Señor te entregará en mis manos; yo te venceré y te cortaré la cabeza. Y hoy mismo daré los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las fieras de la tierra, para que toda la tierra sepa que hay Dios en Israel. Y toda esta congregación sabrá que el Señor no salva con espada ni con lanza; porque la batalla es del Señor, y Él os entregará en nuestras manos”. El resultado fue un Goliat decapitado y humillado, un ejército filisteo aniquilado, una victoria para la gloria de Dios y el reino para David.
En un enfrentamiento al mediodía (1 Reyes 18) entre Jehová, el Dios de Elías, y el malvado dios Baal, enfrentándose a una montaña de maldad, a sus profetas y a su dios, Elías desafió a esa maldad con sarcasmo: “¡Griten más fuerte!, decía. ¡Seguro que él (su dios Baal) es un dios! Quizás esté absorto en sus pensamientos, ocupado o de viaje. Tal vez esté durmiendo y haya que despertarlo”. Mediante palabras ungidas por Dios, el Reino de Dios avanzó mientras los profetas de Baal eran aniquilados.
Siguiendo las instrucciones de Dios, el pueblo de Dios gritó victoria frente a los muros de Jericó. Los muros se derrumbaron y, obedeciendo Su mandato, el pueblo de Dios saqueó la ciudad y a sus habitantes (Josué 6:20).
¿Necesitas que caigan algunos Goliats? ¿Necesitas que sea aniquilado el mal que se levanta contra ti? ¿Necesitas que caigan muros y que el botín que hay tras ellos pase a ser tuyo? ¿Necesitas ejercer control sobre aquello que te ha estado controlando? Si la respuesta es sí, acata la exhortación de Jesús y háblales a esas montañas en el nombre de Jesús.
Háblale... a esta montaña
No puede ser casualidad que el Señor nos ordenara hablarle a una montaña. ¿Qué tiene de particular una montaña? Una montaña es enorme, inamovible e intimidante. Una montaña bloquea la luz, proyecta una gran sombra, genera su propia turbulencia y se interpone entre tú y tu destino. Algunas montañas son tan imponentes y gigantescas que no se pueden escalar ni rodear. No solo deben moverse, sino que deben ser removidas; eso es exactamente lo que Jesús nos dijo que le dijéramos a la montaña: “¡Quítate de ahí!”.
También resulta interesante que Jesús dijera hablarle a «esta» montaña. La palabra griega para “esta” es “touto”, la cual se refiere a una persona o cosa específica. Creo que el Señor nos dice que hablemos muy específicamente a nuestras montañas de pecados, relaciones disfuncionales, adicciones, historias familiares dolorosas, patrones de pensamiento, carencias y deficiencias, fracasos, decepciones, adversidades, abusos, enfermedades, etc., que se interponen entre nosotros y los destinos que Dios ha ordenado para nuestras vidas.
Por último, el Señor nos exhorta a hablar a la montaña. La perspectiva desde la cual hablamos a ella es clave, pues sugiere que, en el nombre de Jesús, tenemos autoridad sobre la montaña. Si hablamos desde dentro de la montaña, esta nos rodea. Si hablamos alrededor de la montaña, tal vez estemos fingiendo que no existe. Si hablamos sobre la montaña, estamos demasiado cerca de ella. Si hablamos desde debajo de la montaña, esta nos oculta. Si hablamos acerca de la montaña, es posible que estemos contribuyendo a aumentar su tamaño. Jesús nos exhorta a hablar a la montaña.
"¡Montaña, quítate!"
Lo primero que Jesús nos dice que le digamos a nuestra montaña es: "¡Quítate!". La palabra griega para quitar es "airo"; significa elevar, alzar, levantar del suelo, alzar hacia arriba, tomar sobre sí mismo y cargar, llevarse lo que se ha levantado, mover de su sitio, desprender o quitar algo que está adherido a otra cosa, apropiarse de lo que se toma, tomar por la fuerza, arrebatar de entre los vivos por muerte natural o violencia, hacer cesar, levar anclas, apartar, soltar.
Sea cual sea tu montaña, es pesada y ha estado allí durante mucho tiempo. Por su propia presencia, ha estado bloqueando tu acceso a la luz, al destino y a la libertad. Jesús nos dice que reconozcamos la influencia pesada y activa que la montaña ha tenido en nuestras vidas y que, luego, anulemos su influencia con determinación: primero desalojándola, después quitándola y finalmente arrojándola al mar.
"¡Montaña, sé arrojada al mar!"
Lo siguiente que Jesús nos dice que le digamos a nuestra montaña es: "¡Sé arrojada al mar!". La palabra griega para "lanzar" es "ballo", que significa arrojar algo violentamente sin importar dónde caiga, sin preocuparse por el resultado. Nuestras montañas de disfunción no solo necesitan ser desalojadas, movidas y quitadas; deben ser arrojadas violentamente al mar del olvido.
Dios se une a nosotros en nuestras victorias sobre las montañas. Miqueas (Miqueas 7:19) dice: "Él volverá a tener compasión de nosotros y someterá nuestras iniquidades. Él arroja todos nuestros pecados a lo profundo del mar".
No dudes. ¡Cree en tu corazón!
Además de hablar, existe otra condición para que nuestras montañas sean quitadas. Esa condición es abstenerse de dudar. La palabra griega para "dudar" es “diakrino”; significa desertar, estar en conflicto consigo mismo o separarse con un espíritu hostil. En otras palabras, dudar es desertar y separarse de la Verdad, es ponerse en una postura hostil contra uno mismo. Lo opuesto a dudar es creer. La palabra griega para "creer" es “pisteuo”; significa depositar confianza y seguridad en una prerrogativa moral de la ley y del alma; confiar en Dios y en Su Palabra para alcanzar o realizar algo. La fe, la convicción profundamente interiorizada, debe tener lugar en tu corazón; el epicentro de tu ser y de tu alma.
Existe una ley espiritual que conecta nuestro corazón con nuestra boca. La Palabra en Lucas 6:45 nos enseña que "de la abundancia del corazón habla la boca". Si hay abundancia de fe en nuestro corazón, esta rebosará en nuestras palabras. Lo contrario también es cierto.
A veces, mi fe es tan fuerte que naturalmente se desborda en declaraciones audaces de fe, capaces de cambiar las circunstancias, para sanidad, profecía o exhortación. Otras veces, me siento frustrado por la difícil búsqueda de esa misma fe profunda. En esos momentos recuerdo al hombre que llevó a su hijo endemoniado ante los discípulos para que fuera liberado (Marcos 9:14-29). Al no lograrlo ellos, el hombre llevó a su hijo ante Jesús. El padre le dijo a Jesús: "Si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos". Jesús se asombró ante la falta de fe del hombre y dijo: "¿Cómo que 'si puedes'? Todo es posible para el que cree". El padre del muchacho exclamó: "¡Creo; ayuda a mi incredulidad!". Jesús tuvo compasión del padre y del hijo, y sanó al muchacho. Cualquier fe que aquel hombre tuviera, al ser puesta en las manos de Dios, fue suficiente para una sanidad tanto sobrenatural como natural. Al igual que ese hombre, a menudo oro: "Señor, creo; ayuda a mi incredulidad".
Lo que DIGAS sucederá. Se hará para ti.
Por si no hubiera quedado suficientemente claro, el Señor nos recuerda una vez más que lo que DIGAMOS sucederá. No basta con pensarlo, desearlo o albergar la esperanza de que ocurra. Tenemos que DECIRLO. Lo que DIGAMOS sucederá; No por mérito propio, sino porque Dios bendice nuestra obediencia y lo hace por nosotros. Él desea con amor vernos y oírnos obedecer; entonces acude en nuestra ayuda y nos bendice.
Una vez que comprendí esta enseñanza, he obedecido y creído en Jesús, y he hablado a montañas que han sido removidas, apartadas y arrojadas al mar del olvido. Había una montaña de disfunción en mi familia de origen, compuesta de abuso, libertinaje, engaño, enfermedad mental, criminalidad, perversión sexual e hipocresía, que por la gracia de Dios ha sido desalojada, removida y arrojada al mar de la nada. Había también una montaña interior de manipulación, control e ira que ha sido removida, apartada y arrojada al mar del olvido.
A veces, alguien más hizo la(s) montaña(s). debemos perdonarla y hablarle a la montaña. Otras veces, nosotros mismos creamos la montaña; debemos confesar nuestro pecado, arrepentirnos, perdonarnos y hablarle a la montaña.
ORACIÓN
Por favor, sé muy específico al nombrar y reconocer la montaña, así como su composición y su peso. Si no está claro, pide al Espíritu Santo que la revele y le dé nombre. Si otra persona levantó esa montaña, renuncia a lo que hizo y perdónala. Si fuiste tú quien levantó la montaña, confiésalo, renuncia a ello, pide al Señor que te perdone, perdónate a ti mismo y arrepiéntete. Luego, ora en estos términos:
"Montaña de ______________. En el nombre de Jesús, tú no te interpones ni te interpondrás entre mí y el futuro y el destino que Dios ha señalado para mí. En el nombre de Jesús, sé removida, arrancada y arrojada al mar del olvido. Señor, yo creo. Por favor, ayuda a mi incredulidad y llénala de fe hasta que la posea plenamente. Amén, en el nombre de Jesús".
Estas montañas pueden manifestarse de diversas formas y estar compuestas por múltiples elementos. A menudo, dichas montañas se manifiestan a través de disfunciones familiares históricas, tales como: abuso, perversión sexual, encubrimiento, engaño, idolatría, contiendas, conflictos, relaciones disfuncionales, adicciones, juegos de azar, robo, fracaso, pobreza, control, manipulación, prácticas de magia u ocultismo y/o violencia. Con frecuencia, estos pecados actúan como cómplices de nuestras propias montañas de patrones de pensamiento contrarios a Dios, fortalezas espirituales y situaciones similares.
NOTAS
1. Cuando los discípulos se encontraban en medio de una fuerte tormenta en el mar de Galilea, Jesús habló a la tormenta y esta se calmó de inmediato. Cuando un soldado pidió a Jesús que sanara a su hija, Jesús habló palabras de sanidad sobre ella y fue sanada. En el Génesis, Jesús dio existencia a la tierra y a los cielos mediante su palabra.






